Cine y Series

TODOS LOS SONIDOS CONDUCEN A ROMA

Por Javier Titos

Roma de Alfonso Cuarón es una carta de amor y desamor desde la memoria, escrita con sonidos en Blanco y Negro. Un hermoso ajuste de cuentas del autor con su pasado, que se aleja de ser una crónica previsible para convertirse en un retrato subjetivo de un tiempo y unos personajes diluidos en la plasticidad fotográfica que, como los sueños, tienen los recuerdos. Un canto al cine más puro, emocionante, romántico y brutal.

 

     Con Roma Cuarón ha conseguido redefinir la importancia que tiene el diseño sonoro en el cine. Pareciera que se nos abriera una ventana en el tiempo y en el espacio (que al fin y al cabo es lo que debería ser la pantalla de una sala) por donde se cuelan los ruidos y rumores de un México que se fue pero que conectan con el espectador gracias también a su esmerada fotografía, con una nitidez estremecedora que conmueve y emociona con una épica en la que no son necesarios los aspavientos ni las propuestas superfluas, barrocas o vanguardistas. Es un triunfo para el cine, una victoria para el director que consigue una película maravillosa pero que no llega a obra maestra, porque bebe de demasiadas fuentes reconocibles que hace pasar por homenajes, pero que evidencian demasiado que nos mira subido a hombros de gigantes como para resultar original y rompedora, aunque eso no evita que vaya a pasar a convertirse en una película que tendrá su sitio por derecho propio en la cinematografía mexicana y por extensión en la universal. Roma2

     Hablaba antes de esa sensación de ventana abierta a sonidos e imágenes que solamente van a poder disfrutar los afortunados que puedan visionarla en una sala de cine. Estas líneas no van a caer en el análisis mercantilista de chisme de peluquería entrando a discutir la controversia generada por la irrupción de nuevas formas de producir y consumir cine con la llegada, como apisonadoras, de las multinacionales empresas de contenidos digitales en streaming. El tiempo avanza impasible, devorando realidades y certezas que ayer eran inamovibles y lo que tenga que ser será, a pesar de la opinión de un servidor. Lo que está claro es que los que no puedan verla en una sala de cine como dios manda van a perderse la gran experiencia con la que el director mexicano nos ha querido regalar. En una época donde las películas se consumen en tablets, teléfonos móviles y pequeñas pantallas de ordenador no vamos a estas alturas a ponernos a divagar sobre algo que es inevitable y que ha venido para quedarse.

      Desde su inicio coloca al espectador como lo que de verdad es, un voyeur seguro al otro lado de la pantalla, alguien que profana la intimidad de una casa, de una familia, de un barrio, de una ciudad y en general de un país entero. Parece que espiáramos algo sagrado como es la privacidad, espiamos a través de calibrados y estudiados movimientos de cámara donde abundan los planos secuencia largos que se estiran como la materia de la que está hecha la memoria, que es muy parecida a la que conforma el cuerpo intangible y evanescente de un sueño. Fabrica poesía con lo más cotidiano cayendo probablemente en demasiados clichés, pero recordemos que no es una crónica sino un acto de memoria filmada y esos clichés los considero, en mi modesta opinión, una licencia poética que Cuarón se permite porque, como he dicho, la memoria es como los sueños, elásticos, intangibles y evanescentes, por eso la sucesión temporal en algunas partes de la película carece de una focalización cronológica al uso y avanza casi aleatoria, sin prisas pero también sin pausa.

     Aunque para la mayoría de las personas que la han visto y de los críticos que he leído la protagonista de la cinta es Cleo, una joven indígena que trabaja para una familia acomodada en el México de principios de los años 70 interpretada por una magnífica Yalitza Aparicio, una actriz no profesional, para mí la protagonista es la memoria en sí, como músculo metafísico gestante de un hilo vertebrador que le da sentido al maremágnum de lugares comunes, recuerdos, sentimientos y sonidos que habitan en la cabeza del director, en desorden, porque el recuerdo está desordenado por el paso del tiempo y el cambio del yo que fuimos al yo que somos. Porque no es una crónica, como ya he dicho anteriormente, y aunque el peso y el foco inciden continuamente en el personaje de Cloe la veo más como una guía que nos lleva de la mano por una historia de recuerdos de infancia subjetivos que se completan con las certezas de la mirada, ahora adulta, de Cuarón: el amor desinteresado hacia él y sus hermanos por alguien que consideran de la familia, que los cría como si fueran suyos, la bondad, la humildad y el perdón reconocidos a lo largo del metraje. A través del personaje de Cleo se nos muestra la quiebra socioeconómica y política de México, como si fuera un espejo en el que se reflejaran el machismo, la división de clases o el racismo contra los indígenas. Pero no es veraz desde el punto de vista de que no es una descripción en la que se pueda reconocer un colectivo entero, es tan solo el caso de esta chica en concreto pues ni todas las familias son iguales ni todas las empleadas de hogar tuvieron el mismo trato por parte de sus patrones como han manifestado algunos colectivos con respecto a la visión que de estas mujeres da la película.

     Hay secuencias para la historia del cine a pesar de que para que fuera una obra maestra la propia película debería sobresalir por encima de esos momentos: el coche del padre aparcando, la ropa tendida que parece hablar, la sala de un paritorio como no recuerdo haberla visto ni sufrido nunca, el mar enorme y hambriento que devora y puede devorar aún más. A pesar de todo, como digo, es una magnífica película que ha gozado de una repercusión que otras cintas mexicanas no han tenido por el hecho de haber sido dirigida por quien lo ha hecho y de contar con la maquinaria mediática de Netflix. Ahí tenemos de este mismo año joyas bestiales como El Vigilante de Diego Ros, Los Adioses de Natalia Beristáin, el sobresaliente documental de Everardo González La Libertad del Diablo y la magnífica y perturbadora La Región Salvaje de uno de mis directores mexicanos predilectos, Amat Escalante.

     Roma es poesía audiovisual, un cine hermoso y de una pureza que enamora, de una calma violenta que fascina por su sutileza. Es cotidiana y a pesar de lo que he leído a otros no me parece pretenciosa en absoluto, es cruda como la verdad y libre en su concepción estructural como son los sueños y la memoria. Terriblemente selectiva en lo que muestra, una cinta que seduce desde el minuto uno, un ejercicio cinematográfico conmovedor, algo cada vez más complicado en una sociedad sobre excitada por estímulos vacíos y estériles, yermos.

 

nota4ymedio

lo peor

Que en España solo haya sido exhibida en cinco cines de Madrid, Barcelona y Málaga.

lo mejor

El impresionante diseño sonoro, la exquisita fotografía y el maravilloso trabajo de Yalitza Aparicio.

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