Cine y Series

Una Ocasión Desperdiciada

La esperada película biográfica sobre la vida de Freddie Mercury es un huevo recubierto de oro, vacío y sin alma. Una ocasión desperdiciada de poner sobre la mesa la historia de una de las estrellas atemporales del rock más carismáticas y controvertidas de la historia. Un paseo superficial por la vida de uno de los mayores genios del siglo XX, condicionada en exceso por la labor del resto de los integrantes de la banda como productores ejecutivos en más de dos horas de autocomplacencia y masturbación emocional gratuita innecesarias, que pasa de puntillas por los ángeles y los demonios personales del que probablemente ha sido el mejor frontman de la historia de la música moderna.

Reseña de Javier Titos García.

1

Sólo he llorado la muerte de dos músicos en toda mi vida: Freddie Mercury y David Bowie. En ambas ocasiones recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo y como me enteré. Era 24 de noviembre, sábado o domingo, no lo recuerdo, era fin de semana eso seguro, porque no era día de clase, tenía 13 años e iba en el asiento trasero del coche con mi hermano, mi padre conducía y mi madre estaba junto a él. Escuchábamos la radio y un locutor dio la noticia, acto seguido pincharon The Show Must Go On de su último disco Innuendo, que acababan de publicar en Febrero. Lloré desconsoladamente y en cuanto llegué a casa me calcé los cascos de mi walkman Sony Megabass y comencé a poner mis cintas de Queen sin parar.

He tenido que escuchar y leer en redes sociales que si te ha disgustado o no te ha parecido increíble la película no te gusta Queen. Yo opino todo lo contrario, que si eres seguidor de la banda desde pequeño y viviste el mal trago de su prematura muerte, de saber a ciencia cierta que no habría más discos nuevos con el inconfundible sello de sus composiciones, llevas demasiado tiempo esperando esta película como para conformarte con esta sosa, insulsa y superficial biografía de uno de los músicos que más he admirado en mi vida y cuya influencia fue imprescindible para que me dedicara a componer y vivir entre escenarios durante veinte años. Una cosa es la experiencia que aporta la cinta como espectáculo musical y otra la película en sí, servida como un grandes éxitos para amantes del karaoke y de las bandas tributo. No, no lloré durante el visionado de la película, lloro cada vez que revisito un concierto o un disco de Queen, es más, no necesito ni escuchar cantar a Freddie, por eso uno de los directos que más me emocionan es el homenaje que se le dispensó en Wembley tras su muerte con multitud de artistas homenajeándolo, algunos de forma más digna que otros, en una celebración de su vida y su arte. Por eso creo que los que afirman que si no te has emocionado viendo la película no eres un verdadero seguidor de Queen son personajes inquisitoriales que no comprenden que una figura de tal calibre merecía un trabajo cinematográfico a la altura.

Hay más de Freddie Mercury en el Amadeus de Milos Forman que en la cinta de Bryan Singer. Forman decía que él no quiso hacer una película biográfica fiel a la realidad sino crear una ficción a partir del personaje, y si estuviera vivo y si los músicos de Queen no hubieran metido mano de más hubiera sido el director ideal. Yo prefería a Sacha Baron Cohen como protagonista por su carácter histriónico y desbordante, aunque Malek está correcto y salva los muebles de un casting sobreactuado. Oliver Stone hizo algo grande con The Doors, una fábula psicotrópica alejada de la verdadera historia y del personaje de Morrison, pero que al menos era arriesgada y te agarraba por las tripas durante todo el metraje. Por otro lado está Walk The Line dirigida por James Mangold y protagonizada por un soberbio Joaquin Phoenix que no se parece físicamente a Johnny Cash pero que bucea en la psicología del genio norteamericano y aporta el saber hacer de un actor sobresaliente. Igual ocurre con Love and Mercy de Bill Pohlad, probablemente el mejor biopic musical de los últimos años con un estratosférico Paul Dano en el papel del joven Brian Wilson de Beach Boys y un espectacular John Cusack en el mismo papel pero ya mayor. A diferencia de Bohemian Rhapsody, estas dos últimas cintas se sumergen realmente en los personajes que pretenden retratar sin miedo a mostrar los infiernos por los que deambulan sus protagonistas.

El principal problema de Bohemian Rhapsody es que es una excusa, una set list sin alma más allá de las geniales composiciones de la banda, que tuvo cambios en la producción desde el inicio hasta el final del proyecto, incluido cambio de director, que la convierten en un producto de mercadotecnia más que en una revisión artística del fenómeno Queen. Recorre los territorios comunes del cine de este género, chico conoce banda, banda acepta chico, etc, etc, etc, pasando muy por encima de las drogas y de la voracidad sexual del cantante para que sea una obra de consumo multitudinario con clasificación de edad para que pueda ser disfrutada por niños, quizás eso sea una justificación, pero a mí no me vale.

El espectáculo audiovisual de la recreación de los conciertos es espectacular, igual que el sonido de toda la cinta, pero ahí se queda. El guión de Anthony McCarten, más allá de algunos toques de humor bien hilados, es lineal y facilón, igual que el montaje que quiere ser arriesgado pero queda en meramente conservador si tenemos en cuenta las posibilidades técnicas actuales.

Bohemian Rhapsody es un telefilm con ínfulas y presupuesto de superproducción que decepciona aunque es disfrutable en sala por la sucesión de actuaciones recreadas con una fidelidad de la que no hace alarde la película al incursionar en los territorios personales de los protagonistas, narrando de manera casi naíf y con errores históricos la carrera de una de las mejores bandas de rock de la historia, y lo que es peor, olvidando los seis últimos años de Freddie Mercury donde el músico se convierte en leyenda con la composición de temas que quedarán para la posteridad como el reflejo del ansia de un creador que no quiere dejar de parir obras de arte hasta el último día de su vida. Me hubiera encantado ver a Malek como Freddie rodando el impresionante videoclip de Innuendo, I’m Going Slightly Mad. En vez de eso tenemos un comercial de más de dos horas en el que al menos nos queda el buen sabor de boca de saber que las nuevas generaciones escuchan actualmente en Spotify más a Queen que a artistas de reaggeton. Supongo que quien no se consuela es porque no quiere, aunque sigo pensando que los seguidores de la banda merecíamos otra película más cruda y realista y no esta suerte de hagiografía, como se llamaba a las historias que relataban la vida y obra de los santos católicos. Una pena.

Ahora ya pueden apedrearme.

 

nota2ymedio

lo peor

Haber desperdiciado la oportunidad de haber hecho una película a la altura del personaje.

 

lo mejor

La recreación de los conciertos.

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